enero 15, 2012

Papá…

Publicado en El héroe de mi vida...., Ratos de soledad... a 10:50 por lising

Estos días, un poco por contrato, un poco porque me gusta el disfraz de superheroína (aunque me quede fatal), últimamente lucho un montón contra la tristeza. Un día gano. Muchos no. Todas estas batallas han sido tan difíciles de sobrevivir, como lo ha sido respirar. Llenas de preguntas sin respuestas y de mi yo más invertebrado, mismas que detienen los músculos y vuelven pesados los pies y el pecho.

Y entre pelea y pelea, descubres que siempre falta alguien. Y que el reloj de tu muñeca se quedó parado y que está bien así. Que tu invierno es triste, pesado, lento. Y que es perturbador darte cuenta de que el ser más increíble de tu mundo se ha ido y sin embargo, el mundo sigue girando sin él. Y que ya no se trata de seguir adelante, o no. Sino que más bien, se trata de aprender a sobrevivir sin la voz de alguien que representaba el calor de lo otro. De lo único.

Perder a tu padre, no significa perder a tu padre. Al ser que te creó y se tomó la molestia en moldearte a lo mejor de su imagen y semejanza. Perder a tu padre significa perder a un amigo. Perder a tu padre significa, ante todo, perder la posibilidad de compartir un mundo. No cualquier mundo. Un mundo desordenado y tierno y poético y elegante. Y honesto. Donde el poder crear, ensuciarse, divertirse, luchar, hacer experimentos, romper algunas normas es regla. Un mundo donde el servir se convierte en vocación. Y el curar en convicción. Un mundo donde hay a quien agarrarte de la mano siempre antes de cruzar la calle. Un mundo donde hay quien te mira con tanto amor, que acaba recordándote que existes. Ser porque tú fuiste.

No es bueno que el ser humano esté solo, sobre todo si antes ha probado la dulzura de la compañía verdadera. Entonces, la vida y las pestañas, se te encharcan entre recuerdos y sueños de infancia y estampas debajo de la piel, todas las canciones que cantaste en las últimas tardes con él. Y lloras. Lloras un montón. Pero cuando nadie te ve. Porque la distinción del luto, de llorar a los muertos y las veladas con trajes negros… él no lo llevaba.

Él me enseñó que existen los cómodos silencios y una sonrisa amable y torcida para quien se preocupa por ti. Y que es mejor no bajarse ni por un momento del tren de alta velocidad en el que llevas subida tantos años. Aunque sea el ruido del movimiento, el que sólo envuelve la desolación de alguien que de pronto ya no sabe cómo vivir, ni para qué.

La tristeza me está ganando muchas batallas. Me he convertido a ratos, en un ser poco amante de la vida. Y me he sentido culpable. Pero, también he descubierto el sabor del cariño de quienes te quieren y quieren quererte, y quererse. Y también quién ya no es tan importante como creía. Que la creatividad sigue siendo mi remedio para poder respirar. Y que mi familia y mis amigos, son ese último y más fabuloso descubrimiento que te indica que más allá de aquí o acá, más allá de tus diferencias y de tus distancias, por razones poéticas, religiosas o políticas, lo importante permanece. La suma de las partes. El todo. Ser flexibles incluso al viento. Y quererse mucho porque sí. Por tener todas las ganas de amar a alguien.

Decía mi padre que él creía en los que no hacen las cosas por una sola razón,  sino en quien lo hace en una comunión con los sentidos, con la vida, y que eso les convierte en seres que viven en un terreno superior al de todos los demás. Mastican el tiempo y el espacio según les pide el corazón, el alma, el sentimiento, la vida. Sufren, aunque eso no resulte útil. Aman, aunque eso resulte tonto y doloroso. Sirven porque su corazón late cuando lo hacen. Persiguen su vocación como fe hasta el último día. Y sonríen siempre aunque el dolor por dentro sea más fuerte.

Mi padre creía en la similitud de las condiciones, orígenes y oportunidades, y lo que hace la diferencia, son las ganas de querer triunfar. Disfrutaba de momentos perfectos como llorar, reír, tocar, llegar adentro. Leer una tarde “…la noche esta estrellada, y tiritan, azules, los astros a lo lejos.” Y oír de fondo una canción de Serrat.

Decía mi padre, que lo heroico es resultar más útil y ser mejor cada día, esforzarse, trabajar todos los días, y en nuestro caso servir, curar y amar por sobretodas las cosas.

Pero hay una cosa que no se me olvidará nunca. Algo que él me enseñó a fuego. Él me enseñó la humildad de una sonrisa. Él tenía siempre una. Para todo sonreía. Una sonrisa desordenada y arrítmica y suspensiva y dolorosa y curativa y sabia y dura y franca y frágil y tierna y sincera y bonita… Inmensa sonrisa. Eso fue él. Fue sonreír, fue curar, fue luchar contra la ausencia llenando el espacio de sonrisas. Fue un constante luchar contra la muerte, necesario para seguir vivo. Fue ser un padre. Fue ser un humano. Fue ser un médico. Fue ser un amigo. Fue ser el héroe de las mil batallas. Fue ser poesía. Fue ser el único ÉL.

Hoy, vivan todos aquellos que hicieron descubrir a otro, que un rostro o unas manos, decían y significaban, apuntaban y suscitaban, un mundo. Porque lo original, como fue mi padre es algo irrepetible.

Gracias por enseñarnos a volar, sin despegar los pies del suelo. Gracias por hacer que mi hermano sea el que pueda hacerlo. Gracias por cumplir los sueños de mi madre y darle herramientas para seguir adelante en la vida. Gracias por ser un compañero de juegos para Fátima. Gracias por compartir mi danza y estar siempre ahí. Gracias por mi vocación y por mi mundo de letras…. Gracias por ser amigo. Gracias por ser tú. Gracias por este orgullo que nos has hecho sentir incluso ya no estando aquí.

Así que sí, todos estos días han sido tristes y heroicos. Llenos de personas heroicas que lloraron de risa y rieron con pena recordando al héroe que piso un rato sus vidas mientras pensaban “todo lo que viene a partir de ahora, va por ti”.

Y lo haremos papá: Seremos la mejor versión de la mejor canción del mundo. La que dejó tu voz.

Papi, prometo siempre intentar ser tu mejor versión.

Gracias por haber existido…Te amamos.

Tu pequeña niña.

Lin

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