enero 27, 2012
Dios… duele.
Dije: “Dios, duele.” Y Dios dijo: “Lo sé.”
Dije: “Dios, estoy tan deprimida…” Y Dios dijo: “Para eso te di el brillo del sol.”
Dije: “Dios, he llorado tanto…” Y Dios dijo: “Para eso te di lágrimas.”
Dije: “Dios, la vida es tan dura…” Y Dios dijo: “Para eso te di seres queridos.”
Dije: “Dios, mi ser más querido murió…” Y Dios dijo: “El mío también.”
Dije: “Dios, es una pérdida tan grande…” Y Dios dijo: “Vi al mío clavado en una cruz.”
Dije: “Dios, pero tu ser más querido vive…” Y Dios dijo: “El tuyo también.”
Dije: “Dios, duele”. Y Dios dijo: “Lo sé.”
Estas palabras estaban en una pared en la ciudad de Oklahoma, en el lugar donde se había producido un tiroteo.
Mi padre las encontró en internet y se las dio a mi madre cuando ella perdió a la suya.
Yo no sé si puedo negarte señor, pero ahora no puedo creer en ti.
Lin
enero 23, 2012
¿Dónde estas…?
A veces la melancolía se apodera de mí tan fuerte, que todos mis pensamientos se ven en blanco y negro. Es tan grande, que deja un abismo entre el espacio y el tiempo. Entre el mundo y yo. Entre la vida y yo. Entre la muerte y yo. Entre tú y yo.
No sé si un día seguiré indiferente ante todo esto. Ante un cielo estrellado. Ante un aroma. Ante las flores. Ante mí frente al espejo… Y es que me dueles demasiado. Te extraño. Tanto que a veces siento que no se puede seguir. Y me esfuerzo. Y me levanto. Y sigo caminando. Pensando en todo lo que no seré contigo.
La nostalgia me esta matando. Y sigo sin saber en dónde estoy.
¿Dónde estás tú?
Lin
enero 15, 2012
Papá…
Estos días, un poco por contrato, un poco porque me gusta el disfraz de superheroína (aunque me quede fatal), últimamente lucho un montón contra la tristeza. Un día gano. Muchos no. Todas estas batallas han sido tan difíciles de sobrevivir, como lo ha sido respirar. Llenas de preguntas sin respuestas y de mi yo más invertebrado, mismas que detienen los músculos y vuelven pesados los pies y el pecho.
Y entre pelea y pelea, descubres que siempre falta alguien. Y que el reloj de tu muñeca se quedó parado y que está bien así. Que tu invierno es triste, pesado, lento. Y que es perturbador darte cuenta de que el ser más increíble de tu mundo se ha ido y sin embargo, el mundo sigue girando sin él. Y que ya no se trata de seguir adelante, o no. Sino que más bien, se trata de aprender a sobrevivir sin la voz de alguien que representaba el calor de lo otro. De lo único.
Perder a tu padre, no significa perder a tu padre. Al ser que te creó y se tomó la molestia en moldearte a lo mejor de su imagen y semejanza. Perder a tu padre significa perder a un amigo. Perder a tu padre significa, ante todo, perder la posibilidad de compartir un mundo. No cualquier mundo. Un mundo desordenado y tierno y poético y elegante. Y honesto. Donde el poder crear, ensuciarse, divertirse, luchar, hacer experimentos, romper algunas normas es regla. Un mundo donde el servir se convierte en vocación. Y el curar en convicción. Un mundo donde hay a quien agarrarte de la mano siempre antes de cruzar la calle. Un mundo donde hay quien te mira con tanto amor, que acaba recordándote que existes. Ser porque tú fuiste.
No es bueno que el ser humano esté solo, sobre todo si antes ha probado la dulzura de la compañía verdadera. Entonces, la vida y las pestañas, se te encharcan entre recuerdos y sueños de infancia y estampas debajo de la piel, todas las canciones que cantaste en las últimas tardes con él. Y lloras. Lloras un montón. Pero cuando nadie te ve. Porque la distinción del luto, de llorar a los muertos y las veladas con trajes negros… él no lo llevaba.
Él me enseñó que existen los cómodos silencios y una sonrisa amable y torcida para quien se preocupa por ti. Y que es mejor no bajarse ni por un momento del tren de alta velocidad en el que llevas subida tantos años. Aunque sea el ruido del movimiento, el que sólo envuelve la desolación de alguien que de pronto ya no sabe cómo vivir, ni para qué.
La tristeza me está ganando muchas batallas. Me he convertido a ratos, en un ser poco amante de la vida. Y me he sentido culpable. Pero, también he descubierto el sabor del cariño de quienes te quieren y quieren quererte, y quererse. Y también quién ya no es tan importante como creía. Que la creatividad sigue siendo mi remedio para poder respirar. Y que mi familia y mis amigos, son ese último y más fabuloso descubrimiento que te indica que más allá de aquí o acá, más allá de tus diferencias y de tus distancias, por razones poéticas, religiosas o políticas, lo importante permanece. La suma de las partes. El todo. Ser flexibles incluso al viento. Y quererse mucho porque sí. Por tener todas las ganas de amar a alguien.
Decía mi padre que él creía en los que no hacen las cosas por una sola razón, sino en quien lo hace en una comunión con los sentidos, con la vida, y que eso les convierte en seres que viven en un terreno superior al de todos los demás. Mastican el tiempo y el espacio según les pide el corazón, el alma, el sentimiento, la vida. Sufren, aunque eso no resulte útil. Aman, aunque eso resulte tonto y doloroso. Sirven porque su corazón late cuando lo hacen. Persiguen su vocación como fe hasta el último día. Y sonríen siempre aunque el dolor por dentro sea más fuerte.
Mi padre creía en la similitud de las condiciones, orígenes y oportunidades, y lo que hace la diferencia, son las ganas de querer triunfar. Disfrutaba de momentos perfectos como llorar, reír, tocar, llegar adentro. Leer una tarde “…la noche esta estrellada, y tiritan, azules, los astros a lo lejos.” Y oír de fondo una canción de Serrat.
Decía mi padre, que lo heroico es resultar más útil y ser mejor cada día, esforzarse, trabajar todos los días, y en nuestro caso servir, curar y amar por sobretodas las cosas.
Pero hay una cosa que no se me olvidará nunca. Algo que él me enseñó a fuego. Él me enseñó la humildad de una sonrisa. Él tenía siempre una. Para todo sonreía. Una sonrisa desordenada y arrítmica y suspensiva y dolorosa y curativa y sabia y dura y franca y frágil y tierna y sincera y bonita… Inmensa sonrisa. Eso fue él. Fue sonreír, fue curar, fue luchar contra la ausencia llenando el espacio de sonrisas. Fue un constante luchar contra la muerte, necesario para seguir vivo. Fue ser un padre. Fue ser un humano. Fue ser un médico. Fue ser un amigo. Fue ser el héroe de las mil batallas. Fue ser poesía. Fue ser el único ÉL.
Hoy, vivan todos aquellos que hicieron descubrir a otro, que un rostro o unas manos, decían y significaban, apuntaban y suscitaban, un mundo. Porque lo original, como fue mi padre es algo irrepetible.
Gracias por enseñarnos a volar, sin despegar los pies del suelo. Gracias por hacer que mi hermano sea el que pueda hacerlo. Gracias por cumplir los sueños de mi madre y darle herramientas para seguir adelante en la vida. Gracias por ser un compañero de juegos para Fátima. Gracias por compartir mi danza y estar siempre ahí. Gracias por mi vocación y por mi mundo de letras…. Gracias por ser amigo. Gracias por ser tú. Gracias por este orgullo que nos has hecho sentir incluso ya no estando aquí.
Así que sí, todos estos días han sido tristes y heroicos. Llenos de personas heroicas que lloraron de risa y rieron con pena recordando al héroe que piso un rato sus vidas mientras pensaban “todo lo que viene a partir de ahora, va por ti”.
Y lo haremos papá: Seremos la mejor versión de la mejor canción del mundo. La que dejó tu voz.
Papi, prometo siempre intentar ser tu mejor versión.
Gracias por haber existido…Te amamos.
Tu pequeña niña.
Lin
enero 11, 2012
9 días…
Caminaba por la calle con mi mente tratando de saber en que lugar del mundo estábamos. Sabía que estaba en un sueño porque podía tocarte. Cuando soltaste mi mano entendí que lo mejor de las pisadas sin ton ni son es que al final aprendes a sonreír a marchas forzadas y de forma simultánea.
Ya no me dejes despertar. Yo me quiero quedar contigo.
Lin
enero 6, 2012
Contigo… y sin embargo no.
Un retumbo de voz que hay dentro de este cuarto, lleva días botando y rebotando, pidiendo a gritos que abra un poco la ventana. Que respire. Que diga algo.
Escucho que esto es apenas notar una forma muy dura de vivir, dolorosa. Y yo, sólo puedo mantenerme prohibiéndome llorar, tratando de no recordar y aterrorizada por el olvido. Por el paso del tiempo. Porque siento que cada segundo que pasa me aleja más de ti.
Ni el sol, ni los buenos amigos acompañan toda esta tristeza. Pesada y lenta, que se acumula en la boca del estómago. Y pasan los días con toda su naturaleza conmovedora, benévola y condescendiente. Dolorosa, atemorizante, asquerosa.
A mí, el paso del tiempo tiende a desubicarme, a deconstruirme. A no pasar sin ser pasado. Pensado. Tocado. Sentido. Hundido en las yemas de todos mis dedos detrás de tus gruesas venas. Tomados de la mano…
En ese instante esperaba poder desmayarme, pero para mi desgracia no perdí la consciencia… Gritar sin emitir sonido. Odiarte por haberte ido. Amarte por haber existido. Sentir todas las heridas vivas, latentes, abiertas. Un peso en el pecho que no permite respirar.
El ahora voy. El mañana lo veo. El hace mucho frío. El no quiero entenderlo, pero lo entiendo. El ahora no quiero. El te necesito. El no me abandones. El quédate conmigo. El no me dejes sola. El tú y el yo. Y el miedo, el amor y la culpa. Estos días sobretodo culpa.
Esperaba perder la razón, despertar de esta pesadilla, ahogarme en llanto y dejar de respirar. Tirarme a la desolación. Tal vez así sería menos dolorosa tu partida. Pero decidiste que yo llevara la cabeza. Tu pequeña niña…
Estoy cumpliendo papá. Pero no puedo evitar todas las oleadas de dolor que empiezan a barrer mi mente, y están hundiéndome con fuerza. Sabes que no saldré a la superficie. No voy a hacerlo sin ti.
Una vida, un mundo, un universo contigo, y sin embargo ahora no hay ninguno…
Lin
diciembre 30, 2011
El último de la fila…
Por un instante sentí que rocé un cielo en paz. ¿El suyo? Es curioso cómo a veces puedes ver más cuando cierras los ojos. Y allí, estando en aquel lugar repleto de personas, sólo tuve que cerrar los ojos para creerme capaz de todo. Para no sentir este miedo que me inunda desde hace tiempo.
No fue necesario sentir cerca el sonido de mi mar para encontrarme en paz. Y es que las luces de esta ciudad (mi ciudad), tienen una magia capaz de envolver a cualquiera que esté entre sus calles.
Lo ha dicho, corro el riesgo de que el sopor y la somnolencia vayan rodeando partes productivas de mi cerebro, dándole una lentitud que termine por oxidar ciertos engranajes vitales.
Yo creo que es una muerte segura sentir que la luna y el sol, sólo se huyen y no se persiguen eternamente. Y que ud, corre el riesgo de pensar que ha perdido siendo el último de la fila.
Sólo le digo, que nunca se es el último de la fila cuando alguien le dice Vuelva usted mañana. Así que, vuelva usted mañana. Y pasado. O cuando quiera. Pero, vuelva usted.
Porque me gusta creer que el arte de la vida reside en encontrar la felicidad en las pequeñas cosas que los dioses nos regalan. Y a mí, en ese preciso instante no me hacía falta nada más. Las luces, el frío y su manera de sonreírme.
Lin
diciembre 25, 2011
Mi puerto seguro…
Te das cuenta de que algo tiene toda la importancia del mundo, cuando lo has mirado durante más tiempo con el corazón que con la cabeza…
Te das cuenta de que el tiempo ha pasado, porque descubres nuevas arrugas en una sonrisa torcida y dulce, y una comprensión innata de quienes te han mirado cada día con el corazón. Que ya no eres el mismo, cuando después de miles de segundos fuera de casa, buscando, viviendo, creciendo, madurando, regresas sin invitación al lugar que te ha dado todo, para darte cuenta de que alguien a quién conociste lejos, te falta…
Y esto es, porque la vida en ocasiones te cambia el panorama sin permiso alguno, te destruye el camino y te vacía nuevamente, dejándote con un silencio incómodo en la boca…
Entiendes de golpe, que a pesar de creer que podías hablar sin razón, cuando hay razón para hablar, hay miedo.
Cuando sentías que podías transportarte más lejos sin moverte menos, la elección de alguien que lo significó todo te detiene en seco y observas que lo que antes era enorme, es en realidad diminuto. Pequeño. Y que no queda más que aceptar que uno no es tan fuerte como para soportar su propio ego.
Aprendes fuera de la seguridad de casa, a buscar tus propios monstruos para dejar de alimentarlos. La cama te come. También, comprendes muy bien la importancia del mecanismo de respiración, hasta que escuchas dormir, en silencio, a alguien a quién amas mucho. Muchísimo.
Aprendes, que al que te pregunte tu email o tu teléfono, si quieres, sólo si quieres, dale mejor tu piel. Y luego imaginar la teoría de los gemelos: el primero hace un largo viaje a una estrella en una nave. El otro gemelo se queda en la Tierra. A la vuelta, el gemelo viajero es más joven que el gemelo terrestre.
Conclusión:
Móntate en mi nave. O en lo que sea. Pero súbete porque me voy…
Y piensas en el futuro. En la vida. La vida, que a veces te coloca un silencio incómodo en la boca. Y vuelves a casa en busca de los héroes que siempre estuvieron allí. Y que allí siguen, con todo su amor y con toda su cortesía, tratando de convertir en algo liviano lo más grueso. Valientes en toda su extensión. Una prolongación de lo que es querer, quererse, quererte a pesar de todo.
Algo así como comprarse un perro y que antes de tener nombre, ya sea uno más. O algo así, como que unos churros con chocolate en domingo se puedan convertir en un ritual.
No hay nada que aglutine mejor el dolor y la vida, como lo hace la propia sangre. No hay algo más capaz de unir cada invierno con cada primavera que las flores. Los años, los sueños. Los regalos en Navidad. Los deseos en año nuevo. Los frapés hechos de escarcha y leche Nestlé.
Aprendes, aprendes a saber que la familia siempre es el último y más fabuloso descubrimiento que encuentras. Que la pena no nos abandona, que las voluntades se tuercen y que las dudas se cosechan. Que el amor por otro ser, terrestre o no, duele, y duele muchísimo. Y que la esperanza exige sentimiento, amor por la vida y sólo los héroes se empeñan en practicarla. Pero que nunca, a pesar de que sientas que puedas morir, estás solo. Siempre hay un puerto seguro en casa.
Dedicado:
Al primer hombre del que recuerdo cómo me agarró de la mano bien fuerte, pero olvidó cuando le pedí por última vez que la soltara. A la mujer que me sonrió y que a pesar de su angustia me motivó a crecer al salirme de casa.
Lin